Un escrito de Manuel Dominguez Moreno en su columna Sexto Continente de la publicacion web El Cambio.
Incapaces de asumir nuestra derrota cotidiana, recurrimos al espíritu para elevar nuestra triste condición y conseguir así maquillar una realidad que nunca es igual a sí misma y que se escapa a la palabra porque el verbo, que siempre es ajeno y gastado a fuerza del uso continuo que le hace perder su significado original, acota y describe y lo que es en su sentido ontológico- existe por encima de cualquier definición.
Prehendemos la realidad porque somos capaces de razonar, de abstraer la existencia por encima de nuestros sentidos. Nos engaña la vista, nos confunde el olfato, nos desorienta el oído, nos sobresalta el tacto.
Por pura cobardía preferimos dar la espalda a la conciencia y curarnos el alma con los paños calientes de la hipocresía y la mediocridad, la mentira desnuda ante el espejo del yo, un placebo que no nos devuelve la salud espiritual ni el sentido común, pero que alivia y nos da fuerzas y valor para soportarnos y sobrevivir a duras penas sin caer en el vacío de la nada. Nos abandonamos a los hábitos en la creencia de que resulta imposible cambiar nuestro destino, esa ineluctable espada de Damocles que desde el clasicismo griego nos conduce irremisiblemente a la tragedia. Nos obstinamos en hallar soluciones sin saber a ciencia cierta cuál es el problema; damos respuestas a preguntas que todavía no han sido formuladas; perseguimos al hombre a través de sus obras y confiamos en los falsos profetas cuyo cinismo nos aleja de la verdad.
Creamos ídolos con pies de barro y achacamos a lo oculto todo aquello que misteriosamente se escapa a nuestra comprensión. No logramos aprender nada de nuestros errores y nos condenamos a repetirlos sin entender, como Kierkegard, que se debe vivir hacia delante, pese a que la vida sólo se comprende mirando hacia atrás. Puede que tengan razón los que afirman que la historia de la humanidad es una interminable sucesión de ocasiones perdidas, de esperanzas frustradas, pero su desconfianza no es más que escepticismo e impotencia.
Tendemos a olvidar que estamos hechos de sueños y que, en consecuencia, creamos lo que no tenemos, lo que ansiosamente necesitamos para seguir viviendo.
Lo importante del éxito es que se puede concebir precisamente porque surge del fracaso, se alimenta de él. Como decía Camus, en esta sociedad el éxito es fácil de obtener, lo difícil es merecerlo. Por eso resulta imprescindible que creamos en nosotros mismos, en nuestras posibilidades, en nuestra capacidad de transformar la realidad y crear nuevos modelos. Somos capaces de vivir tal como soñamos, completamente solos. Y, sin embargo, nos realizamos cuando somos capaces de reflejarnos en los demás de ponernos en su lugar, de amarlos hasta considerarlos una extensión de nuestro propio ser. Recomendaba Augusto Monterroso que debemos creer en nosotros mismos, pero no tanto; dudar de nosotros mismos, pero no tanto: cuando sientas dudas cree; cuando cread, duda. Nadie puede derrotarnos a menos que nos derrotemos a nosotros mismos. Nadie puede amenazarnos con hacernos nada que no pueda hacerse. Somos seres pensantes y tenemos la fuerza de las ideas y la determinación de la conciencia, capaces ambas de armar revoluciones.
De modo que si hemos dado por finiquitado un sistema corrupto, sostenido por el poder de la avaricia, no caigamos en lo mismo para mantener a los enfermos de un poder ilegítimo. Para el filósofo catalán Eugenio Trías, en esa vida hay que morir varias veces para después renacer. Y las crisis, aunque atemorizan, nos sirven para cancelar una época e inaugurar otra.
Fuente: Externa








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